La pregunta que más me hacen últimamente es cómo terminé metido en política siendo el tipo de la tecnología. Y la respuesta corta —que empecé prendiendo micrófonos— suena a chiste, pero es literal.
Esta es la historia larga. Y le advierto de una vez: no cabe en un solo texto.
Primero, el contexto raro: soy ingeniero de sonido
Sí. De profesión, ingeniero de sonido. Ya sé lo que está pensando: eso no tiene nada que ver con lo que hago hoy. Y se equivoca — sin esa carrera yo no sería lo que soy, pero esa explicación se merece su propio blog.
Por ahora quédese con el dato, porque es el que explica todo lo demás.
Cuando estaba a punto de graduarme tenía que hacer la práctica profesional. Y la única disponible en ese momento era en la Asamblea Departamental de Antioquia, como "el man del sonido": el que prende los micrófonos, el que pone las presentaciones en las sesiones, el que maneja el auditorio.
La verdad, no me llamaba mucho la atención. Y no pagaban —de eso ya escribí aparte y con detalle—. Pero eran solo cuatro meses, me dejaba tiempo para el proyecto de grado, tenía una beca de manutención que me quitaba la preocupación del dinero, y en mis cuentas mentales alcanzaba justo para graduarme en diciembre.
Acepté. Era 2014.

Lo que aprende uno en un recinto donde solo va a prender micrófonos
Entré a manejar el sonido y terminé aprendiendo cómo funciona el poder por dentro.
Aprendí qué es un diputado. Qué es una ordenanza. Cuál es la diferencia entre un acuerdo, una ordenanza y una ley —que la mayoría de la gente no distingue, y no es culpa de la gente—. Cómo se arma una sesión, quién habla, quién no habla, quién decide quién habla.
Nadie me enseñó eso. Yo simplemente estaba ahí, atrás, con los faders, oyendo todo.
Y ahí está la primera lección de este blog: el que maneja el sonido oye todo. Uno cree que el poder está en la curul, y sí, pero también hay un poder silencioso en estar en el cuarto sin que nadie note que uno está.
El Secretario General de la Asamblea Departamental de Antioquia en ese momento era Gustavo Restrepo, un político conservador que me dio todo su apoyo y a quien recuerdo con aprecio de verdad. Tanto, que cuando se acabaron los cuatro meses de práctica fue él quien me gestionó un contrato —ahora sí pago— para quedarme el resto del año.
Y también aprendí lo otro
Sería muy fácil contar solo la parte bonita, así que cuento la otra.
En ese recinto también vi diputados presuntamente corruptos. Vi gente que, según mi criterio, simplemente era mala persona. Vi funcionarios de la gobernación haciendo trampa.
Y me tocó, de primera mano, la versión pequeña y cotidiana de eso: una funcionaria —cuyo nombre sinceramente ya no recuerdo— presentó como suyo el plan de mejoras que yo había hecho para el audio del recinto durante mis prácticas.
No fue un escándalo, no salió en ningún periódico, no pasó nada. Y precisamente por eso me marcó: así es como funciona en serio. No con maletines de billetes, sino con un trabajo ajeno firmado con otro nombre y nadie diciendo nada.
Pero también vi lo contrario. Diputados serios, juiciosos, responsables, que se leían los proyectos y trataban bien a todo el mundo, incluido el pelado del sonido. Y le tengo un dato que a mí todavía me sorprende: casi todos esos hoy están en cargos mucho más importantes. Los otros, los que no eran buenos, ya nadie los menciona.
La política tiene fama de premiar al vivo. En mi experiencia, a mediano plazo, castiga bastante bien al mediocre.
Enero de 2015: la lección de las cuotas
Terminó el año. Mis cuentas dieron perfecto —aunque todavía me acuerdo, en septiembre, persiguiendo a la decana por los pasillos para que me firmara la orden de grado y poder graduarme en diciembre—.

Empezó 2015, cambió la mesa directiva de la Asamblea, y me sacaron de inmediato.
Ahí aprendí la segunda lección: las cuotas políticas pesan. No importa que usted haya hecho bien el trabajo, ni que haya mejorado el sistema de audio, ni que el secretario anterior lo apreciara. Cambia la mesa, cambia la gente. Punto.
No fue traumático, para ser honesto. Ya me lo esperaba y de todas formas iba a arrancar mi emprendimiento, que es otra historia.
Lo que no me esperaba era lo que venía seis meses después.
Seis meses después: llegó un tal Federico Gutiérrez
Para 2015 yo llevaba medio año en el emprendimiento con mis socios —que siguen siendo mis socios, por cierto; la única diferencia es que ahora todos somos un montón de viejos—. En ese momento ellos me llevaban cuatro o cinco años y, sobre todo, ya habían hecho varias campañas.
Y 2015 era año de elecciones regionales. Tuvimos candidatos en varias ciudades: Rosa Acevedo en Itagüí, Andrés Torres en Envigado, varios nombres para concejos.
Pero hubo uno que llegó a la oficina faltando tres meses para las elecciones, con un aliado de esa época. Iba cuarto en las encuestas. Venía de quemarse en 2011 —había quedado tercero, con 120 mil votos, muy lejos de Aníbal Gaviria—. Y necesitaba ayuda urgente.
Era un tal Federico Gutiérrez.
En ese momento nadie daba un peso por él. Nadie.
La campaña que se murió cinco veces
Esa campaña estuvo a punto de morirse, mínimo, cinco veces en esos tres meses. Y eso solo contando las que a mí me tocaron.
Para que se haga una idea de cómo estaba el panorama: iba en llave con Federico Restrepo para la gobernación —les decían "Los Federicos"— y en julio esa alianza se deshizo porque Restrepo se fue con Alonso Salazar. El fajardismo, que inicialmente lo apoyaba, se desadhirió. Salazar lo acusó públicamente de ser un "caballo de Troya del uribismo". Y él, sin partido tradicional, tuvo que salir a recoger 120.000 firmas para poder ser candidato.
O sea: no teníamos aval de partido, no teníamos la maquinaria, no teníamos las encuestas, y a mitad de camino nos quedamos sin aliados.
Lo que sí teníamos era un candidato carismático que nos creyó.
Y ese es el punto que quiero destacar, porque es el que la gente subestima: Federico nos creyó.
Y lo digo hoy, once años después, teniendo muchas diferencias con el man —diferencias que no me guardo y que ya iré contando—. Pero en ese momento nos creyó, y eso hay que decirlo. Un tipo que venía de una derrota, con tres meses encima y sin nada que perder, le apostó a un equipo de pelados que le estaba proponiendo hacer algo que en Colombia casi nadie estaba haciendo en serio.
Uno puede pensar lo que quiera de alguien hoy y aún así reconocerle lo que hizo ayer. Eso también es coherencia.
Fuimos a riesgo. Y puedo decir, sin exagerar mucho, que esa fue una de las primeras campañas digitales de Colombia —si no la primera— enfocada de verdad en medios digitales y redes sociales, y no en la valla, la cuña y el volante.
El man del semáforo
Hay un video muy famoso de Federico en esa campaña: él parado en un semáforo diciendo "entonces, ¿bien o no?".
Detrás de esa cámara estaba mi gran amigo Manuel Yepes. Y yo al lado de él, dando línea.
Y como la memoria es tramposa —y en política es especialmente tramposa—, acá está la prueba:


Porque esa es otra lección de este oficio, y de las más incómodas: cuando alguien se siente amenazado, empieza a borrar gente del relato. De un momento a otro usted nunca estuvo ahí. La idea siempre fue de otro, la campaña siempre la hicieron ellos, el video ese lo grabó cualquiera.
Es exactamente lo mismo que me hizo aquella funcionaria con mi plan de audio en la Asamblea, pero en versión grande y con más gente mirando.
Por eso yo guardo fotos.
Miren bien la primera. Un reflector sostenido a pulso por un man estirando el brazo. Un boom con audífonos. Una cámara en trípode. Un candidato parado en el separador de una avenida con las motos pasando al lado y un policía en la esquina.
No hay set. No hay luces. No hay estudio. No hay un equipo de veinte personas. Hay cinco tipos en la mitad de la calle haciéndole el quite al sol de Medellín con un reflector de mano.
Yo, por ejemplo, terminé corriendo la Media Maratón de Medellín detrás del candidato, grabándolo, porque era el único del equipo que le aguantaba el ritmo. Veintiún kilómetros con la cámara. Esa era la producción.

Y funcionó precisamente por eso. Porque en 2015 la gente ya estaba cansada de la valla perfecta y del comercial con música épica. Lo que se veía real, era real.
Hoy eso tiene nombre, tiene consultores y tiene tarifa. En ese momento era simplemente lo único que se nos ocurrió con lo que teníamos.
Ganamos
El 25 de octubre de 2015, Federico Gutiérrez fue elegido alcalde de Medellín. Ganó por poco más de un punto porcentual sobre Juan Carlos Vélez. Fue el primer alcalde de la ciudad elegido por firmas ciudadanas y no por un partido tradicional.
Yo tenía 24 años. Y llevaba diez meses de graduado de la universidad.

Y de un día para otro pasamos de ser una oficina de pelados a estar dentro de una alcaldía. Todavía hoy me parece una locura.
Un año después, en 2016, ganamos un Victory Award a la mejor campaña digital —hoy se llaman Napolitan Victory Awards, que son básicamente los Óscar de la política— por ese trabajo. Si va a nuestra oficina, ahí está el premio.

El archivo
Dejo acá otros videos de esa campaña, para que vean con qué se hacía política digital en Colombia en 2015. Sin drones, sin equipos de veinte personas, sin presupuesto de agencia. Un candidato, una cámara y unos pelados con ganas.
Y fíjense en algo, porque esto es lo que a mí todavía me parece lo más interesante: cada video cumplía una función distinta. No estábamos publicando por publicar. Sin saber que le estábamos poniendo nombre a algo, habíamos armado un embudo completo.
La pieza de identidad. Lo que hoy cualquier marca llama branding y en política se llamaba "el himno". Servía para una sola cosa: que la gente sintiera que pertenecía a algo antes de que le hablaran de propuestas.
La propuesta concreta. Esto era lo que nadie estaba haciendo en video en ese momento: sacar un tema espinoso y específico, explicarlo, y ponerlo a circular en redes en lugar de dejarlo enterrado en un programa de gobierno de 90 páginas que nadie lee.
Territorio. La prueba de que la campaña existía en la calle y no solo en la pantalla. Y de paso, el mejor combustible que hay para el voluntario: verse a sí mismo en un video de la campaña.
Defensa del voto. La última milla, la que casi todo el mundo olvida: de nada sirve convencer si el día de las elecciones nadie está cuidando la mesa.
Once años después uno los ve y encuentra de todo: cosas que hoy haría distinto, decisiones que envejecieron bien, y una energía que solo se tiene cuando uno todavía no sabe que algo es imposible.
Y aquí es donde se pone bueno (o feo)
Hasta acá suena a historia de éxito: pelado de Envigado, mor, práctica gratis, campaña imposible, victoria épica, premio internacional.
Pero las lecciones que vienen de aquí en adelante son las dolorosas.
Porque ganar una campaña y gobernar son dos cosas que no se parecen en nada. Y lo que aprendí dentro de la Alcaldía de Medellín me costó bastante más caro que todo lo anterior.
Eso se los cuento en el próximo blog: "La pasión" en la Alcaldía de Medellín.
Les dije que esta historia era larga. Vamos en 2015... y estamos en 2026.
Esta historia sigue. En el próximo capítulo: cómo se ve una alcaldía desde adentro cuando uno tiene 26 años y creía que ya lo había visto todo.
Si quiere que le avise cuando salga, sígame en @sebasbayer. Y si usted también entró a un mundo por la puerta de atrás y terminó en otro lado, cuéntemelo — esas historias son las mejores.




